viernes, 9 de abril de 2010

cap 2. La sombra de los invisibles

Iban subidas a una furgoneta de mala muerte destartalada. El guardabarros rozaba el suelo y producía un sonido chirriante bastante molesto al oído humano. Los limpiaparabrisas estaban arrancados de cuajo y el propio parabrisas llevaba una especie de vendaje de cinta americana y celofán.
Por todas estas razones y porque el conductor del minibus destartalado era tuerto y cuando te miraba parecía estar viendo algo extraño detrás de ti, cosa que causaba escalofríos cuando los viajantes subían y bajaban de él, Sandra y Sofía viajaron con miedo y en un trayecto tan largo, la falta de sueño las causó fatiga y pronto comenzaron los sucesos extraños...o tampoco tan raros.
Al fin, cansadas de tanto bamboleo de hierros de aquel casi putrefacto automóvil, le susurraron al extraño conductor que parara enfrente de un hostal de carretera.
Ponía Motel ''El Paladar'' en una chapa justo encima del tejado, del cual tan solo las letras L, A y R, en su orden respectivo, estaban iluminadas con aquellas flashes de color rosa fucsia que hasta le proporcionaban un aspecto de prostíbulo al hostal.
Entraron a una pequeña salita que hacía de recibidor. Allí se observaban a simple vista algunos sofás de eskay, quizá roidos en las patas de madera por ratones que merodeaban debajo de mesas y sillas que se situaban en posición estratégica para simular un pequeño salón. En una de las mesas había un montón de platos, apilados unos encima de otros, los hondos despostillados en su borde. También había servilletas de tela roja con cuadritos verdes, a juego con el hule que cubría la superficie de aquella mesa.
Traspasando una puerta que en un pasado hubiera sido roja, pero que ahora, a causa de la carcoma se hallaba a trazas pintada, se encontraba una especie de taquilla, detrás de la cual un joven distribuía las llaves de los cuartos de la planta de abajo, y la del cuarto de contadores, que era el lugar que el hostelero administraba a los encargados de limpieza.
Pidieron una habitación con comodidades, luz y agua caliente y, a ser posible, una estufa para poder calentar sus cuerpos congelados por el frío que se colaba por la rendija de la puerta. Desgraciadamente se tuvieron que conformar con un cuartucho, que a lo mucho tendría unos 7 metros cuadrados. Sólo una triste bombilla de bajo consumo alumbraba la mitad de la estancia. La pared estaba cubierta por un papel desgarrado que en un pasado simulaba formas chinescas y el frío suelo denotaba que una moqueta había sido arrancada de él recientemente. La cama tenía una sábana y una manta únicamente, por ello les fue necesario acurrucarse para conservar el calor. Con cada movimiento en estado de somnolencia de cualquiera de las dos, los férreos barrotes de la cama crujían y sintieron miedo de que el somier de láminas fallara y el colchón cayera al suelo.
Todo el mundo dormía aquellas horas, salvo Sandra. Pensaba, pensaba y pensaba, y su cabeza no la dejaba reposar ni un minuto. Al fin cayó rendida por el esfuerzo del trayecto y el cansancio de tantas horas sin dormir. El sueño fue breve e intranquilo. Pasadas unas dos horas de esto, Sandra sintió una puerta crujir y unos susurros que procedían de aquel armario de contrachapado. Se levantó y fue descalza, pisando el frío suelo por el que correteaban ratas del tamaño de leones y se acercó a la puerta corrediza y chirriante. La abrió temblando, salió fuera para ver quién había, visualizó una sombra de una mano por cuyas venas sangre no circulaba debido a su extrema frialdad que la sostuvo por el cuello, soltó un grito y salió corriendo.

1 comentario:

Mario dijo...

Muy buena raquel !!! Continuala, quiero saber qué pasa con Sandra y Sofia =)