domingo, 28 de febrero de 2010

Tán solo una mirada

''Antes que nada quisiera decir que esto no esta basado en mí misma, sino que se trata de un desafío para conseguir cualquier cosa que me proponga''

Qué fácil parecía al principio, cuando todavía existía un estrecho lazo en el abismo existente entre el amor y la lujuria. Antes, cuando todavía vivíamos en Valladolid. El día que mi padre me dijo que nos tendríamos que mudar, me tumbé sobre mi cama y lloré todo lo que no había llorado en los dieciseis años de vida que tenía.
Todos mis recuerdos habitaban en aquella ciudad apartada de la capital, y junto con mis recuerdos estaba el amor de mi vida. Sí, es cierto, con dieciseis años eres incapaz de saber cuál es el amor de tu vida, y si volverás a enamorarte, pero era una de las pocas personas capaces de sacarme una sonrisa cuando más hundida estaba, y en este momento verle y escucharle sólo me haría llorar más. Intenté renegociar la mudanza con mi padre, pero nada de eso sirvió para hacerle replantearse el cambio de vivienda.
Cuando les expliqué a mis amigas que habían despedido a mi padre de la carpintería en la que trabajaba, me dijeron que no me preocupara que se arreglaría, pero él ya había decidido cambiar de ciudad para encontrar empleo.
Cuando me despedí de ellas para montar en el coche, rompí a llorar con toda la fuerza de mi alma, pero cuando Sergio me dio el último beso frío de sus labios, pensé que se me rompía el alma en pedazos, quise creer que todo era un sueño, que aquel cálido abrazo suyo nunca acabaría, que nos quedaríamos así, unidos para siempre.
Al fin, tuvo que venir mi madre a separarnos, el lo comprendió y me soltó, pero yo no quise y me agarré a su cintura, y cuando se alejó, yací tirada en el suelo, de forma patética y deprimente, hasta que se me pasó el sofoco y pude tenerme en pie.
Monté al coche definitivamente, puse mala cara, y me enfadé con el mundo, no hablé con nadie durante el viaje, ni contesté llamadas, nada...solo un incómodo silencio por la carretera que nos llevaba camino de Madrid.
Bajamos del coche y buscamos rápidamente una pensión. Aquellos primeros días me resultaron difíciles, pero poco a poco fui asimilando que nunca jamás recuperaría aquellos lazos tan estrechos con los vallisoletanos, nunca jamás volvería a ver a su gente, y menos a Sergio, seguro que a estas alturas, llevando dos meses en Madrid se habría olvidado de mí para siempre, como yo pensaba olvidar aquellas noches en el suelo de su cocina, dándonos mutuamente todo lo que teníamos, casi rompiendo el suelo, y con la vecina del quinto llamándome pervertida y desvergonzada todas las mañanas porque oía nuestros gritos y golpes al entregarnos el uno al otro, la típica mujer que opinaba que debía reservarme para el hombre con el que me fuera a casar, y yo no tenía a nadie para reservarme, yo le entregaba mi cuerpo a la persona a la que amaba, y ambos disfrutábamos el uno del otro
Pronto me inscribieron en un nuevo instituto, conocí gente y empecé a relacionarme. Resultaba extraño la forma en la que te acogen los madrileños, parecía más hogareño el ambiente de Valladolid, pero en Madrid había más variedad, estaban los grupos de siempre, unas cuantas amigas con ganas de divertirse que pasaban de todo, y luego las típicas pijas que sólo se preocupaban de sus amadas uñas postizas y llevar un modelito diferente cada día a clase, para destacar. Otros destacaban por las pintas que llevaban, vestidos seguramente con lo que pillaban más a mano por las mañanas a última hora, cinco minutos antes de asistir a la primera clase. Y quizá algunos vestían como queriendo destacar, pero flipandose ante la gente.
Mi vestimenta era sencilla, siempre llevaba un chándal de marca, seguramente siempre eran de Adidas o Nike, y botines de deporte, un tupé en la cabeza, y un prominente escote. A todos se les iban los ojos cuando me veían. Bastantes se interesaron en mí cuando llegué, una pueblerina destacando entre las de ciudad, !vaya novedad¡ Y pronto empezaron las envidias y los conflictos. Una tal Cristina, me acusó de ser la culpable de la distracción de su novio, cuando yo ''todavía'' no le había puesto un dedo encima.
Y cuando conseguí una amiga de verdad, que por cierto se llamaba Amanda, nos apuntamos a un gimnasio para ponernos en forma todas las tardes. Íbamos de siete a nueve, justo acabábamos cuando se cerraba, teníamos poco tiempo para ducharnos y salir. El monitor del gimnasio fue muy amable conmigo desde el primer momento, se ofreció a quedarse conmigo media hora más todos los días para enseñarme nuevos ejercicios. Un día haciendo un ejercicio de bastante complejidad, recibí un tirón muscular en la zona tibial, y rápido corrió Edgar a socorrerme. Cuidadosamente me sostuvo la pierna y me masajeó la zona mientras me miraba cariñosamente a los ojos. Yo pensé en Sergio, pero no sentía lo mismo que antes, ¿significaba aquello que lo había olvidado? De repente, sin saber muy bien por qué, puse una mano en la cintura de Edgar, me acerqué suavemente y le mordí una oreja. Se fue acercando a mí, ya sentía su cálido y humedo aliento en mi tímido cuello que se retraía debido a un sentimiento de pesar que albergaba en mi interior. Se llegó a posar casi completamente encima mía, entonces me reprimí y le dije que tenía que irme, que me corría prisa ducharme. !Uff, menos mal¡, pensé mientras me desnudaba y entraba a una de las duchas de los baños de aquel gimnasio. Dejé que el agua caliente empapara mis rubios cabellos, saqué el jabón de mi neceser, y me enjaboné completamente. Miré mis pechos desnudos, todavía brillaba la juventud en ellos. Salí completamente empapada de la ducha, buscando algo parecido a una toalla, con lo cual secar mi cuerpo despojado de ropa. Cuando encontré mi albornoz, que estaba detrás de la puerta, apareció Edgar.
Enrojecí de repente, él se encontraba con el torso desnudo, a menos de tres metros del mío, me miraba con ojos de depredador. Enseguida me dí cuenta de que la presa de aquel depredador era yo, y, por supuesto, no pensaba resistirme, esta vez no. Se fue acercando a mí, yo chorreaba agua por todos los poros de mi cuerpo, me sostuvo por la cintura, y con sus frías manos fue bajando hasta tocar mi pelvis. Mi corazón latía fuertemente, me mordí un labio, él se dio cuenta de ese gesto tan provocativo, y fue entonces cuando decidió ir a por todas. Encendí la ducha de nuevo, el se despojó de sus vestiduras y me demostró con fuerza lo que valía un hombre de verdad. Lentamente fue atreviéndose a más y más. Llegó un momento en que el sofoco nos impidió continuar y le dije que parara. Solamente me mencionó una cosa: ''Ahora sabes la diferencia entre la lujuria y el amor'' Muchas más veces nos vimos en encuentros similares, y seguí acudiendo al gimnasio de siete a nueve, como todos los días, cuando Amanda marchaba a casa, y el gimnasio estaba vacío, él y yo gozábamos en aquella ducha, y aquello fue lo que me impulsó a encontrar otra forma diferente de amar, la lujuria no es amor, pero nosotros nos amábamos lujuriosamente.
Al fin un día, después de tantos encuentros amorosos, me decidí a hablar directamente con él. Lo que yo le pregunté sólo él lo sabe, y desde entonces tenemos muchos más lugares donde poder entregarnos al placer que nos unía por igual.

1 comentario:

Mario dijo...

Pos ya sabes raquelita, esq me encanta como escribes. Aunque sea un tema erotico, lo haces genial asiq, un 10 !! JAJAJA besoooos tqq