martes, 7 de febrero de 2012

Pase por recepción

Emma nunca imaginó que la vida podía traerle aquel regalo. Hasta que llegó él, todo era para ella gris, como las paredes del edificio en el que trabajaba de recepcionista, como su uniforme. Su jornada laboral era una llamada tras otra, coger recados, dejarlos, decir ''le paso'', ''un momentito, por favor'', ''ahora mismo está comunicando''... Miraba a su alrededor, y más allá de su mesa sólo estaba Jacinto, una especie de mozo de los recados que de mozo no tenía nada (rozaba los 64 y soñaba con la jubilación) y Samuel -que no paraba de cortejarla- y Darío, los guardias de seguridad.
Ella estaba junto a uno y otro dependiendo de sus turnos, y ya estaba cansada de fútbol -Samuel era un forofo-, de los hijos de Darío -Darío era uno de esos hombres que piensan que en el muno no hay más niños que los suyos- y de los crucigramas de Jacinto. Y así un día tras otro. Sólo rutinas y más rutinas que la hundían en el más pegajoso y achocolatado fango y que le impedían ver más allá de los bordes de sus gafas de pasta de farmacia. Pero la afición extrema de Samuel al fútbol le dio resultado. Siete exactamente: le tocó la quiniela. No se supo más de él.
En su lugar llegó Bernardo. Y aquí es donde la vida de Emma empezó a cambiar. ¡Ay, Bernardo!, suspiraba la dulce Emma tras el pinganillo. Lo miraba y no paraba de pensar: ''Menos mal que rechacé a Samuel, con esa barriga... Siempre con el fútbol. Siempre tan superficial. Siempre tan ''no me importa, pero que tu falda cada día más corta. Siempre tan ''Emma, si estuvieras conmigo no tendrías ni que trabajar''. Mira en cambio Bernardo. Tan atlético, tan bien ''plantao''. Voy a ser la envidia del barrio cuando lo lleve. ¡Ay!.
Emma se derretía con él, no sabía cómo maquillarse, cómo peinarse ni cuánto más podía subirse la falda o bajarse el escote. ''Bueno, podemos quedar a comer el sábado -dijo un día Bernardo-, pero no te emociones. Mi estancia aquí es temporal. Estoy haciendo mis pinitos como modelo y pronto me iré a Londres''... Y Emma, enamorada, fantaseaba con la idea de irse con él, de amarlo y besarlo y comtemplarlo cual Apolo, Adonis o lo que fuera. Pero no era sólo su físico lo que la enamoraba, sino aquella mirada tan profunda de él al decir la más insignificante cosa, al pronunciar buenos días y observar ensimismada como las comisuras de sus labios se curvaban, y se imaginaba como sería su tacto al darle un beso.
Y así transcurrían los días: ella lo miraba, él sonreía y a veces hasta se burlaba. Hasta que un día Bernardo no fue a trabajar. No, no estaba en Londres, estaba despedido.
A Emma el mundo se le cayó encima. Le llamó, le escribió, pero él jamás contestó. Y el tiempo, que todo lo cura, vino a traerle a Emma un novio en forma de conductor del autobús que cogía todas las mañanas y que la hacía feliz: no era ni guapo ni feo, ni listo ni tonto. Pero era simpático y honesto. Y la hacía reír. Un día saliendo con él del cine, alguien la sorprendió cogiéndola por la cintura. Emma se sobresaltó. Y más aún al reconocer a la persona que se escondía bajo aquel uniforme marrón. Le costó un par de minutos, pero su escandalosa risa lo delató: era Bernardo. Sólo era un año más viejo, pero parecía diez y ya pesaba unos veinte kilos más. Y es que no existe propiedad más volátil ni efímera que la belleza.
Su petulancia se había convertido en resignación, eso sí, encubierta: ''Al final lo de modelo...no sé, me parecía muy esclavo, así que elegí otra profesión más...tranquila, no sé. Me va bien''.
Y sonrió para ocultar su tristeza. Emma también sonrió: para despedirse y dar gracias a la vida por haberle quitado a ese niñato de su camino. Abrazó a su chico con fuerza y le besó cual si fuera su primera vez y pudo sentir aquella pasión que sólo se siente en los brazos de aquel al que se quiere. Se marchó caminando más feliz y segura que nunca.

2 comentarios:

JULIO SUELA SARRO dijo...

Esto es literatura. Julio Suela.

Celia Arbona dijo...

Muchas gracias por visitarlo. Un abrazo muy fuerte :)