jueves, 4 de marzo de 2010

Hasta la muerte, y después


Teófilo Fontecha amaba por encima de todas las cosas a su equipo: el Villabajo Fútbol Club. Teófilo mostraba con orgullo su carné de socio con un dorado número 1 rodeado por los laureles regios del escudo. De su solapa no se desprendió nunca, hasta el último día la insignia de oro y diamantes que le concedieron cuando cumplió los 75 años como socio de la entidad.
Su casa parecía un santuario del Villabajo. Por todos los rincones se encontraban recuerdos recopilados desde su niñez. Tenía, incluso, una de las tres habitaciones del piso dedicada por completo al equipo, cosa que a Teresa, su mujer, aparte de un abuso, le parecía una soberana estupidez. Ella, sin embargo, que siempre quiso tener su espacio para coser, tenía que conformarse con el rinconcito más oscuro de salón. No llevaba bien el fútbol Doña Teresa, no.
A Teófilo esto nunca le importo mucho porque ella jamás pasó de ser su segundo amor. Y esto, juzgándolo con optimismo. Sólo el club importaba. Los años más felices de la vida coincidieron con el esplendor del Villabajo, que llegó a disputar en dos temporadas consecutivas los octavos de final de la Copa del Rey contra equipos de primera. Nunca -aseguraba Teófilo-, había sido el pueblo tan dichoso como en aquellos días en que las estrellas de la liga pisaron sus calles. Teresa, desde luego, tenía una impresión bien distinta.
Su muerte sacudió a la afición del Villabajo y llegó hasta las televisiones nacionales, pues la pasión de Teófilo fue protagonista de varios reportajes en esos programas que se esfuerzan pro buscar el más difícil todavía en la condición humana. Cuando se conoció el triste suceso, Teófilo se hizo un huequecito en telediarios y magacines gracias a su última voluntad que, como no podía ser de otra manera, era seguir acudiendo al fútbol después de muerto.
La encargada de cumplir con el capricho era, naturalmente, Teresa, que pensó, con mucha razón, que le había caído un buen muerto encima. El acoso mediático de las fisgonas vecinas impedía que se escabullera y cada domingo de partido, allá iba ella cargando con la bolsa de ganchillo que se había hecho para llevar más discretamente la dichosa urna con las cenizas.
Con el paso de los años la tarea no le pareció tan odiosa a Teresa. De hecho, se puede decir que hasta se aficionó un poco al balompié. Al principio no entendía nada de nada, pero pronto se sorprendió con que los goles le provocaban un cierto cosquilleo, una especie de alegría que no podía ni quería controlar. Había cambiado y la gustaba.
Aquel primer año de fútbol fue especial para el pueblo. La Balompédica Villaribense, eterno rival del Villabajo F.C., consiguió su ascenso a tercera preferente. Si Teófilo hubiera estado vivo, habría sufrido de lo lindo con este éxito. No se descarta, no obstante, que no lo hiciera incluso muerto, pues en su campo y no en el de Villabajo fue en el que Teresa cumplió su última voluntad. Se ve que, con las prisas, el hombre se olvidó de especificar. Las vecinas, enteradas de la triquiñuela, sonreían cada vez que la veían salir, pensando aquello que dice el refranero de que la venganza es un plato que se sirve frío. En este caso, además, en el campo del rival.

1 comentario:

Mario dijo...

Joer con la Teresa jajajajaj. esta super bien ehhh, de las que mas me han gustado ! ;)