sábado, 28 de septiembre de 2013

Renovar o morir

Siempre que uno deja de escribir se debe a algo, sea una mala racha, sea pereza, sea lo que sea. Tener una mala racha es mala suerte, mantenerla por tiempo ilimitado debería estar recogido como delito en el código penal, y desaprovechar la oportunidad de darle forma a las palabras condenado a pena de muerte. Por eso mismo, allá vamos.

- ¿Estás mejor?
- No.
- ¿Y cuándo vas a estar mejor?
- No lo sé.
- Pues yo te noto más tranquila, ya no lloras a diario, y no te debes a nadie, salvo a ti misma. Y nunca debiste deberte a nadie, por mucho que lo quisieras.


Pues no. Ya no más. Puede que cueste deshacerse de algo, pero cuesta más desprenderse de alguien, más si ha influido el tiempo. Y tienes que rehacerte, y cambiar costumbres, y buscar planes para esos ratos que ya estaban predispuestos de por sí, o que al menos tú, tenías siempre predispuestos. Porque la vida es una sola, y pasa rápido, y quizá, por conformarte con menos de lo que mereces, no llegues a conocer lo que estaba a punto de llegar, esperando que cruzaras la esquina de la calle. Quien sabe cuantas esquinas hacen falta para que eso ocurra, pero estoy segura que una vez que se ha tocado fondo, lo único que te queda, y que, más que eso, supone una obligación, es levantarse, aunque sea de rodillas, y renovarte, renovar o morir.


jueves, 1 de agosto de 2013

Comparecer o parecer, esa es la cuestión

Hoy es uno de agosto, y a todos, al que más y al que menos, a ninguno se nos escapa que se ha acabado julio. Sí, ese primer mes de verano, caluroso como ninguno. Y parece un mes de estos que pasan en blanco, sin dejar huella, pero esto no es del todo cierto. En este mes han pasado varios acontecimientos. Uno de ellos el trágico accidente de Santiago, del cual os puedo asegurar no sabremos la verdad, pero tampoco podemos olvidar que siempre hay un culpable, más bien varios. También los atropellos a los que se nos está sometiendo continuamente. Y por eso, hoy, uno de agosto, nuestro Presidente del Gobierno, y digo nuestro, porque hay que compartirlo todo, lo bueno y lo malo, se ha dignado a salir de su apariencia de plasma de cuarenta y dos pulgadas y ponerse traje y corbata para humillarnos ante el Senado. 

Es vergonzoso que hayamos legitimado una calumnia andante, como es este gobierno y su camarilla de tiburones. Rubalcaba, a su vez, pide la inmediata dimisión del Presidente, alegando que nos ha mentido. Digo una vez que no hay mentira ninguna en todo lo que dice, ya que es perfectamente legítimo el atraco que estamos presenciando. Lo han legitimado, en primer lugar, aquellos que despreciando la oportunidad de votar lo dejaron a un lado aquel veinticinco de noviembre de 2011, porque había cosas más interesantes que hacer, o porque no apetecía salir de casa. Rubalcaba tiene la culpa porque es calvo. Rajoy tampoco era interesante, había perdido dos veces contra en de la ceja, y bueno, iba a salir igualmente. Pero existe una herramienta de opresión, a la cual llamo ''mayoría absoluta'', que contempla esa Constitución con la que solo se identifican aquellos que tenían voz y voto en el año 1975. Yo aún no tenía edad para votar, pero me acuerdo que me fui al cine, y cuando volví, ya habían abierto la caja de los truenos, o como la llamaría Bárcenas, la caja B de los truenos. Pude ver como España se teñía de un intenso azul añil, y de como las gaviotas que llevaban tiempo al acecho, salían sin temor ninguno a los balcones a celebrar la victoria de las hienas. 

¿Qué quiero decir con esto? Que tenemos lo que nos merecemos, que nadie se había parado a pensar por qué era tan importante la labor de aquellos que murieron por darnos un derecho que hemos dilapidado sin pararnos a pensar un minuto, y que lo vamos a pagar, el precio está aún por determinar, y sin sumarle el IVA.

jueves, 25 de julio de 2013

Santiago


Sentarte un jueves 25 de julio por la mañana en el escritorio. Acordarte de la cafetera maravillosa que tienes y prepararte un café lungo. Volver al escritorio, encender el ordenador y leer Twitter como si de un periódico se tratase. Es un día triste, desde luego, todos lo sabemos.

Me gustaría dar el pésame a las familias de las víctimas del accidente ferroviario en Santiago de Compostela. Pero es este un blog de crítica social, o al menos eso intento, así que ahí va.

No sé si os habréis enterado, pero nuestro maravilloso presidente del Gobierno ha mezclado dos informaciones en el pésame que pensaba retransmitir a las familias de las víctimas del tren de alta velocidad. En ningún momento se han retractado, simplemente han eliminado la información añadida y copia y pega, el método fácil y cómodo. Cuando un Gobierno, sea del país que sea, es incapaz de editar correctamente una información en un tema tan serio como el que supone un accidente de las características del que sufrieron ayer en Santiago, es que algo no solo se hace mal, sino garrafalmente mal. Claro, yo no me siento decepcionada, puesto que no he llegado a depositar mi confianza en los percheros que hoy día nos gobiernan, y a aquellos que en pos de nuestros derechos hemos cedido parte de nuestra libertad, pero me parece una gran ofensa tener que aguantar tantos errores, tantos, y en tan poco tiempo, que suman una cifra astronómica en dos años.

Tenga cada uno su parecer, sean buenos días o no.

miércoles, 24 de julio de 2013

Después de un año sin escribir nada, vamos a remodelar un poco este espacio y a dedicarnos a cosas más interesantes. Pondré un artículo que envié hace un par de meses a 20 minutos, del cual desconozco si se llegó a publicar, y después me pienso si hacer crítica social es constructivo. Ahí va, lectores :)

UNA CAZA DE BRUJAS

Una caza de brujas puede sonar a algo mitológico, fantástico, exótico, propio del mundo de los sueños y la fantasía. Quizás también nos pueda parecer algo propio de tiempos pasados, lejanos, en los que la superstición se daba como la cosa más normal del mundo, en el que una acusación por parte de cualquiera era tenida en cuenta cual si fuese palabra de Dios y nadie se atreviese a decir ‘’esta boca es mía’’. En la actualidad, hemos rememorado ese concepto y lo disponemos como ejercicio de justicia, valorando aquello que nos parece moral, lo que no nos lo parece, y lo que, muy de lejos, nos espanta y horroriza. Por esta misma razón, hoy día, perseguimos todo aquello que no nos parece correcto, perseguimos al rebaño, en busca de esa oveja negra que estropea al resto, que les comunica la verdad. Esa oveja negra somos todos, todos los que, por alguna razón, decidimos no pensar como el resto, y no aceptar lo que nos imponga aquel que tiene autoridad, que se le ha dado por el rechazo dirigido hacia uno de sus derechos fundamentales, como es la libertad de expresión y opinión. Si la autoridad dice blanco, más vale que sea blanco lo que pienses y lleves a cabo, porque o es blanco o es negro, no hay término medio. De esta caza de brujas son víctimas todos aquellos que se niegan a ser estafados mediante medidas anticrisis como son el famoso ‘’euro por receta’’, la subida de tasas universitarias, la reforma sanitaria, etc. Son situaciones que tenemos que aceptar o de lo contrario, mal nos va a ir en la vida. ¡Qué se le va a hacer! Son los tiempos que nos tocan, pensemos en otros que hace años no tuvieron bocado que probar y sí múltiples raciones de escaparate y olfateo, quizá era lo único que estaba al nivel de sus posibilidades. Esas brujas que se niegan a pagar el euro, que no se resignan ante la subida de tasas, que siguen saliendo a la calle en un nuevo año, aún sabiendo que no hay vuelta atrás, son las únicas que pueden hacer algo para salvarnos del abismo, en el que estamos perdiéndonos a pasos agigantados. Pensemos pues, solo así podremos parar la caza de brujas, y pidamos inteligencia, en vez de banalidades, si no es así, la persecución se seguirá cobrando víctimas acusadas de brujería.


martes, 24 de julio de 2012

La séptima perpendicular


Un tirante se deslizó por el terciopelo de su hombro. Rápido. De repente sólo sentía la respiración del otro en su cuello, ese silbido de aliento que hace que el alma reviva en su propia esencia y se sienta joven, como la esencia de un bebé que en ausencia de fragancia artificial alguna, inspira delicadeza por doquier.
Y como si fuera algo simultáneo y provocado por el deseo, posó sus carnosos labios en la textura de los de su compañero, los cuales encontró agradables al gusto y al tacto y quiso mantener unidos cual si fuera materia indivisible. En ese momento parpadeó. En sus ojos se hallaban las legañas restantes de haber dormido largo rato. Sin embargo, había sentido todo aquello que había sucedido en su piel, es más, lo había sentido tan real, que le costó distinguir en su propio amanecer si había sido soñado o era su fiel amigo el que le había proporcionado toda esa serie de sensaciones. Fue entonces cuando se dio cuenta de que su cabeza se hallaba sobre el regazo de su compañero, de aquel que había sabido concederle todos sus deseos, y la había hecho sentir cual si fuera princesa de cuento de hadas. Él le acariciaba los rubios cabellos, y mientras ensortijaba uno de ellos entre su dedo índice y su dedo anular, le dio los buenos días de la mejor forma posible. Ambos se hallaban bajo una ligera sábana de seda. Al mirarlo, las comisuras de sus labios se curvaron formando una ligera arruga. Le sonreía como si fuese lo único en lo que se pudiera pensar en aquel momento.
La brisa acariciaba sus piernas desnudas, que se vislumbraban a través de la sábana. Él se desvivía en besarla en la frente y en los labios, en una comisura y en la otra, en una mejilla y su contraria, aquí y allá...Mientras tanto, ella observaba, con el rostro lleno de calma y serenidad, la multiplicidad de colores que se hallaban en los ojos de su amado.Primero percibía la pupila, de un azabache intenso, luego un marrón no demasiado fuerte. Después, ya mirando de forma algo más lejana, y como si fuese lo lógico al ver sus ojos glaucos, ese verde que no era capaz de describir, sabiendo que iba seguido de una fina línea perfiladora del mismo, en un tono grisáceo que separaba aquella banda tricolor del blanco de sus ojos.
Siempre que se sentaba a su lado, con intención de estar un rato a solas con él, lo miraba fijamente y se sonreía. El otro, hacía lo propio, pero con una sonrisa que apenas le cabía en el rostro. Era entonces cuando, traviesa ella, le preguntaba mordisqueándose un labio que que pasaba. Solía él seguir sonriendo o bien responderla preguntarlo si había de ocurrir algo. Ella respondía negativamente, volvía a sonreír y lo besaba, suavemente, de forma que ambos podían sentir la textura de sus labios, las comisuras, la línea de los mismos, las arrugas que se formaban en ellos y los mordían, a veces fuertemente, otros de una forma más delicada. Ella quiso incorporarse para posarlos una vez más sobre los de aquel que ella amaba con locura, sin embargo, fue él quien la sostuvo para que no hubiese de levantarse. Permanecieron abrazados el uno al otro un rato más, y apuraron hasta el último minuto en cuanto que dependía de no verse en unos días. ¿Volverás? –preguntó ella. Volveré –respondió él-, yo siempre vuelvo, y si es a tus brazos, sin darse lugar a elección. Lo haré irremediablemente, porque eres tú lo que siempre me hace regresar, regreso a ti porque eres tú, tú eres ese lugar lugar en el que me siento protegido, protegido de todo y de todos. Pero vivimos en ese todo y sin embargo es en ese todo que es el colmo de la nada, el todo que se basta y que es servicio de lo que todavía es ambición. Sin embargo, yo a tu lado estaré y tú a mi lado estarás, porque no podía ser de otra manera, porque no existen casualidades en la vida, al igual que un número no es algo contradecible, es porque ha de ser. ¿Qué número es ese que nos define a nosotros? –se interesó ella. Ese número ha de ser el siete, indudablemente – respondió él. No podría ser otro porque tiene la forma, la misma forma que tenemos nosotros mismos. Párate a pensarlo, imagina su forma, la cabeza alargada, y luego el cuerpo de ese mismo número que permanece perpendicular a la cabeza. Así somos nosotros, dos partes que permanecen perpendiculares entre sí, algo indivisible, como la fuerza de las olas que bañan una orilla y dejan su huella en la misma, advirtiéndola de su regreso. Es lo mismo que hago yo, me mantengo perpendicular a ti, y dejo en el segmento que representas, la huella indudable de que siempre estaré a tu lado. Fue entonces cuando él se dispuso a marchar, se despidió de ella con un suave beso en los labios, en los cuales quedaba la huella esperanzadora de que se volverían a ver porque eran perpendiculares entre sí. Desde el momento en que él abandonó la puerta de su hogar, ella supo que esa perpendicular siempre le pertenecería, y sonrió, sonrió porque ya sabía de su regreso, mucho antes de su partida.

lunes, 11 de junio de 2012

Una espinita, o dos

Ángela y Óscar llevaban unos días recorriendo la costa, disfrutando de sus vacaciones. A los dos les gusta la buena vida, así que no se privan de nada. Los mejores hoteles y restaurantes para saborear las magníficas y deliciosas comidas y los buenos vinos de la región. Todo para, cuando no quedara más remedio, o dinero que derrochar, según se mire, volver a casa completamente satisfechos.
Esa hora fatal de la vuelta empezaba a acercarse. Para la última noche decidieron homenajearse en un local nuevo del que habían traído excelentes referencias.
Amigos muy entendidos en esto de la gastronomía les recomendaron la visita pero no sin avisarles antes, eso sí, de que el chef del lugar tenía sus... rarezas. Más estimulados  por las bondades que precavidos por las extravagancias, Ángela y Óscar reservaron una mesa para su última cena. 
El ambiente y la amabilidad del camarero les hicieron olvidar los escasos temores que les quedaban. Una sombra de los mismos volvió cuando acudieron portando la carta en sus manos. Para desgracia de Ángela, todos los platos, todos, tenían como base la trucha que ella odiaba. Sólo después de un rato de sofoco vio que, al final de la carta, una milagrosa referencia indicaba 'Pescado al horno'. Más tranquilos ya, pidieron ese pescado al horno y Óscar ordenó que le trajeron lo que al chef le viniera en gana. Se ponía en sus manos. 
Después de los magníficos entrantes apareció el mismo chef, dicharachero, risueño y pizpireto, para presentarles sus platos principales. Explicó con todo lujo de detalles el suyo a Óscar, al cual se le hacía la boca agua. El problema llegó cuando con el mismo espíritu relató la explicación, propiamente, del 'Pescado al horno' de Ángela. El pescado era ¡otra trucha!
Ángela se negó a comérsela porque no podía con ellas. Por eso había pedido ese pescado indeterminado. El chef, un poco exaltado, quizo imponérsela porque no era como todas las demás. Era su trucha, y él era un artista, así que no podía, de modo alguno, negarse a probarla.
La discusión subió gradualmente de tono pero, cuando de verdad se preocuparon, fue cuando el chef se metió a la cocina y salió, completamente enfurecido blandiendo un enorme cuchillo, perfectamente afilado, en el cual, si uno se paraba a observar sus grandes dientes tan cercanos al mango, sentía un desgarro de tejidos en su propio cuerpo tan sólo con mirarlo. Los rostros de Ángela y Óscar eran prácticamente indescriptibles, en ellos se percibía un color cetrino que reflejaba el horror. Ella, mujer de carácter, seguía en sus trece.
Pasó por este lugar que relato, una patrulla de policía que, alertada por el escándalo, intervino en acto de servicio. Al encontrarse el percal, los agentes decidieron que la trifulca, iniciada en el establecimiento, se resolvería en la comisaría. Llamémoslo suerte o llamemoslo absurda burocracia, el caso es que no había juez de guardia. Una vez iniciadas las diligencias, no podían dejar salir a ningún implicado. La última noche de vacaciones de Ángela y Óscar transcurrió en el calabozo de la gendarmería, sumándose a la desastrosa situación un hambre de campeonato.
Eso sí, llegaron a tiempo de la hora de la cena. A Óscar, más calmado ya, su cena le supo a gloria después del altercado. Ángela, por el contrario, se quería morir. Por mucho que gritó nadie le hizo caso. Al día siguiente, antes de soltarles sin cargos, el juez les impuso cien euros de multa por desacato a la autoridad y en pago para quienes limpiaran de la celda el cadáver destrozado de la trucha que le sirvieron.

sábado, 7 de abril de 2012

Siendo, como era.

De haber transcurrido siglos atrás, su historia de amor bien podría haber sido como la de Tristán e Iseo. Pero no, su romance transcurría en pleno siglo XXI, con las redes sociales como testigo y los sms como forma más usada para 'tirar' de romanticismo y faltas de ortografía, quizá un frasco de tinta de calamar, una pluma de lechuza y un pergamino hubiesen dado mejor resultado. Giovanni tenía 20 años, repetía curso por segunda vez y era un desastre andante. Isabella, dos años menor que él, era inteligente y una estudiante absolutamente ejemplar.
En el comienzo de clases, Giovanni bromeó con sus camaradas del anterior curso y se mofó de los ''enanos'', hasta que reparó en ella, a quinta hora, en literatura universal. Antonio, un profesor de esos a los que se les acaba cogiendo cariño, les pidió que, para abrir boca antes de empezar con los temas, hablaran de la poesía, su significado más objetivo, y el correspondiente dentro de la subjetividad de cada alumno. De lo que les inspiraba aquel género literario. Y les apremió a memorizar poemas de amor, observando divertido ''No hay chica que se resista a eso''. Todos callaron cual si fueran mudos, salvo alguno que se atrevió a desembuchar alguna barbaridad o recitar un pareado soez. Cuando Antonio tuvo controlado el burullo armado a causa de la poesía romántica, el mismo le pidió a Isabella que introdujese brevemente a su poeta favorito. Rezumando timidez desde un principio, Isabella supo ganarse la atención y el respeto de todos al hablarles de Góngora, de su vida sin cauce, de sus desbordadas discusiones con otros autores de la época, de su triste fin, tan triste como su propio comienzo...
Cuando quiso tomar conciencia, Giovanni la observaba embobado. Lo envolvía la vehemencia de su palabra, el dulce aroma de su respiración al pronunciar cada palabra, incluso los curvamientos de las comisuras de sus labios al narrar, su rebelde cabellera rubia fragante de champú, sus gestos al mover las manos...
Siendo, como era, uno de los ''gallos'' del corral, Giovanni no podía permitirse esa debilidad por ''la lista'' de la clase. Siendo, como era, una alumna ejemplar, la hija perfecta que cualquier padre envidiaría, Isabella no podía permitirse volverse loca por ningún milímetro de piel de aquel fracaso humano que jugaba al baloncesto como nadie. Pero los caminos del amor son inescrutables. Y a esa edad todo lo puede. Escondidos de padres, amigos y profesores, Giovanni e Isabella derrocharon poesía fluida en cada beso, visual en cada mirada e hicieron de compartir una palmera de chocolate todo un soneto.
Aparte del baloncesto, Giovanni ocultaba celosamente otro de sus talentos: la interpretación. Hasta que este año, para sorpresa de todos, se apuntó a la función de fin de curso, que se escenaría en el acto de graduación. Iba a interpretar a César, magistralmente dirigido por Antonio, el profesor al que no consiguieron engañar.
El salón de actos del instituto era un hervidero: padres, madres, abuelos, profesores. Y en el escenario, se erigía, grandioso y elocuente, César arropado por la toga. Al acecho, Bruto, al que César no dio opción. Harto de todo, harto de esconderse, de fingir que era ''el chungo'' cuando en realidad era un cándido enamorado, César dejó de ser emperador y pasó a ser Giovanni, todo un caballero, que recitó a su dama el soneto V de Garcilaso: ''Por vos nací, por vos tengo la vida, por vos he de morir, y por vos muero. Para tí, Isabella. Lo siento''.
Pero era mentira. No lo sentía. Estaba más feliz que nunca, como su dulce enamorada, que se liberó del yugo de su timidez y prorrompió en lágrimas saltando a trompicones al escenario a besarlo. El auditorio se hizo eco  de una gran ovación. Antonio, emocionado, rompió a llorar. Ese curso, al fin, había conseguido algo.

martes, 7 de febrero de 2012

Pase por recepción

Emma nunca imaginó que la vida podía traerle aquel regalo. Hasta que llegó él, todo era para ella gris, como las paredes del edificio en el que trabajaba de recepcionista, como su uniforme. Su jornada laboral era una llamada tras otra, coger recados, dejarlos, decir ''le paso'', ''un momentito, por favor'', ''ahora mismo está comunicando''... Miraba a su alrededor, y más allá de su mesa sólo estaba Jacinto, una especie de mozo de los recados que de mozo no tenía nada (rozaba los 64 y soñaba con la jubilación) y Samuel -que no paraba de cortejarla- y Darío, los guardias de seguridad.
Ella estaba junto a uno y otro dependiendo de sus turnos, y ya estaba cansada de fútbol -Samuel era un forofo-, de los hijos de Darío -Darío era uno de esos hombres que piensan que en el muno no hay más niños que los suyos- y de los crucigramas de Jacinto. Y así un día tras otro. Sólo rutinas y más rutinas que la hundían en el más pegajoso y achocolatado fango y que le impedían ver más allá de los bordes de sus gafas de pasta de farmacia. Pero la afición extrema de Samuel al fútbol le dio resultado. Siete exactamente: le tocó la quiniela. No se supo más de él.
En su lugar llegó Bernardo. Y aquí es donde la vida de Emma empezó a cambiar. ¡Ay, Bernardo!, suspiraba la dulce Emma tras el pinganillo. Lo miraba y no paraba de pensar: ''Menos mal que rechacé a Samuel, con esa barriga... Siempre con el fútbol. Siempre tan superficial. Siempre tan ''no me importa, pero que tu falda cada día más corta. Siempre tan ''Emma, si estuvieras conmigo no tendrías ni que trabajar''. Mira en cambio Bernardo. Tan atlético, tan bien ''plantao''. Voy a ser la envidia del barrio cuando lo lleve. ¡Ay!.
Emma se derretía con él, no sabía cómo maquillarse, cómo peinarse ni cuánto más podía subirse la falda o bajarse el escote. ''Bueno, podemos quedar a comer el sábado -dijo un día Bernardo-, pero no te emociones. Mi estancia aquí es temporal. Estoy haciendo mis pinitos como modelo y pronto me iré a Londres''... Y Emma, enamorada, fantaseaba con la idea de irse con él, de amarlo y besarlo y comtemplarlo cual Apolo, Adonis o lo que fuera. Pero no era sólo su físico lo que la enamoraba, sino aquella mirada tan profunda de él al decir la más insignificante cosa, al pronunciar buenos días y observar ensimismada como las comisuras de sus labios se curvaban, y se imaginaba como sería su tacto al darle un beso.
Y así transcurrían los días: ella lo miraba, él sonreía y a veces hasta se burlaba. Hasta que un día Bernardo no fue a trabajar. No, no estaba en Londres, estaba despedido.
A Emma el mundo se le cayó encima. Le llamó, le escribió, pero él jamás contestó. Y el tiempo, que todo lo cura, vino a traerle a Emma un novio en forma de conductor del autobús que cogía todas las mañanas y que la hacía feliz: no era ni guapo ni feo, ni listo ni tonto. Pero era simpático y honesto. Y la hacía reír. Un día saliendo con él del cine, alguien la sorprendió cogiéndola por la cintura. Emma se sobresaltó. Y más aún al reconocer a la persona que se escondía bajo aquel uniforme marrón. Le costó un par de minutos, pero su escandalosa risa lo delató: era Bernardo. Sólo era un año más viejo, pero parecía diez y ya pesaba unos veinte kilos más. Y es que no existe propiedad más volátil ni efímera que la belleza.
Su petulancia se había convertido en resignación, eso sí, encubierta: ''Al final lo de modelo...no sé, me parecía muy esclavo, así que elegí otra profesión más...tranquila, no sé. Me va bien''.
Y sonrió para ocultar su tristeza. Emma también sonrió: para despedirse y dar gracias a la vida por haberle quitado a ese niñato de su camino. Abrazó a su chico con fuerza y le besó cual si fuera su primera vez y pudo sentir aquella pasión que sólo se siente en los brazos de aquel al que se quiere. Se marchó caminando más feliz y segura que nunca.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Culpable sin remedio

 ''Como siempre, llevaba tiempo sin escribir nada, y en esta ocasión quería narrar mediante una experiencia policíaca la consecuencia del tiempo, aquel que, como bien decía Tomás de Aquino, no se puede definir pero todos sabemos lo que es''.

Agustín era un currante incansable de los de más de diez horas al día, incluidos los fines de semana, aunque su trabajo -introducir datos en el ordenador- no era el más apasionante del mundo. Se aburría hasta el infinito. Incluso Silvia, su novia de toda la vida, había cambiado los ultimátum por la búsqueda de nuevas aficciones. Pero la mañana que él le preguntó qué harían por su décimo aniversario y por primera vez...era ella la que había olvidado la romántica fecha, intuyó que tenía que hacer algo.
Ni cines, ni cenas, ni regalos...La había tenido tan desatendida que pensó: ¿por qué no sorprenderla? Y se acercó a la agencia de viajes de un centro comercial para contratar una escapadita de relax. Allí, tras hojear varios folletos, Agustín se decidió por una pequeña casa rural con spa en Asturias. Nunca habían ido y estaba de oferta. Le daría la sorpresa esa misma noche. Pero, de pronto, al salir y ver el escaparate de una joyería que había enfrente, se le ocurrió que quizá podía permitirse una sorpresita más. ¡Sería inolvidable!
Nada más entrar, la dependienta le miró raro. Agustín revisó su ropa. ¿Llevaría algo en el pelo o la cara? Pero como la joven no le dio ninguna pista le quitó importancia. ''Busco un anillo. Algo sencillo y bonito'', dijo incómodo, sintiendo la mirada. La joven se disculpó nerviosa y le preguntó si le importaba que le atendiera la encargada porque ella tenía otro asunto pendiente.
Unos minutos después entró una pareja de policías. ''¿Me excusa un momento?'', le preguntó la encargada. Y tras charlar unos minutos con ellos y hacer un repetido gesto afirmativo con la cabeza le pidió a la otra clienta que había en la tienda que saliera. Agustín observó que las miradas de todo el mundo caían sobre él y, antes de que le diera tiempo a reaccionar, los agentes le pidieron la documentación. ''Señor Agustín González, queda usted detenido por extorsión y robo''.
Los sucesos que acontecieron en los días siguientes fueron tan surrelistas que no podía creerlo. Esa tarde, esposado y con sus billetes a Asturias en el bolsillo, fue llevado a una comisaría donde se le tomó declaración. Al parecer, no sólo las dos dependientas de la joyería, sino dos asistentes de otros dos establecimientos, le habían identificado como a uno de los estafadores más buscados de la zona.
Como él apenas había salido de casa en las últimas semanas, no tenía como justificar una coartada que le ubicara en ningún otro sitio en los momentos de los robos. Al registrar su casa, la policía encontró una gran cantidad de dinero en metálico. Haber sido tan tacaño en los últimos años tenía su castigo. Incluso su novia, traumatizada, declaró que ahora lo entendía todo y se negó a pagar la fianza.
Tres meses después, el verdadero ladrón fue pillado in fraganti en una casa de empeño. Cuando Agustín fue puesto en libertad no había nadie esperándolo. No le angustió. De hecho, cuando el juez le ofreció ayuda psicológica para superar el trauma, el informático se dio cuenta de que ese error judicial era lo más divertido que le había sucedido. Ahora su nombre sí es uno de los más buscados en los ficheros de la policía.

domingo, 9 de octubre de 2011

El libro de familia

'' Porque todos tenemos una caja de recuerdos a nuestras espaldas y hemos de deshacernos de ella, aunque nos cueste.''

''Le digo que le hace falta el libro de familia'', insistió el funcionario. ''Y yo le digo que no lo encuentro y que, con libro o sin él, tendrá usted que hacerme los papeles'', soltó Gerardo. ''Y yo le digo que necesito el libro de familia o no hay tu tía. Buenos días''.
Gerardo caminó hacia casa de mal humor, dispuesto a ponerla patas arriba. Estaba harto de papeles, de oficinas...Quería terminar y relajarse, pero antes tenía que encontrar el dichoso libro de familia. Chándal en ristre, se dispuso a vaciar armarios, dar la vuelta a cajones y mirar con lupa hasta el último rincón. Empezó por el salón. Media hora después aquello parecía un campo de batalla y del libro de familia..ni rastro. Eso sí, dentro de ''Cien años de soledad '' había encontrado la primera letra de la casa, la que con tanta ilusión y esfuerzo pagaron juntos Belén y él. Miró el recibo con media sonrisa. Aquello le traía buenos recuerdos: el primer día que compartieron en esa casa, la ilusión de amueblarla. Y también recordó que ése era el libro que estaba leyendo entonces. Puso el recibo en ''Cien años de soledad '', y éste en una caja. Y siguió su búsqueda. Vació todos los cajones en el suelo. El salón parecía un rastro, pero el libro de familia no aparecía. Sí apareció el sonajero de su hija, Amanda. Era de plata, grabado con su nombre. Su jefe de entonces se lo había regalado a su hija, nacida dos años después de haberse instalado ellos en aquella casa. Nunca le gustó el sonajero, le parecía ostentoso, pero sí le gustaba su hija, claro. Aún le parecía escuchar su risa de niña retumbando en esas paredes. Puso el sonajero en la caja, se hizo un café y se sentó a llamar a Amanda: hacía dos meses que no la veía. Siguió por el armario de su habitación. Y encontró algo que le hizo mucha ilusión. ¿El libro de familia? ¡No! Una caja llena de fotos: su boda, cumpleaños, vacaciones...¡vaya pintas en bañador! Una foto de su madre...
Siguió por la cómoda. Y ahí paró. No podía más. Sus camisones, su ropa...seguía tal cual lo había dejado ella. Entre aquellos pliegues, aún estaba su olor, su delicadeza. Cogió una bata de seda, la cual olía a almizcle, la abrazó y lloró. Pero pronto se repuso: ''La vida sigue, Gerardo'', pensó. Cogió la bata, la puso en la caja y continuó con su labor. Pasó la noche, llegó la mañana y Gerardo seguía envuelto en libros, ropa, fotografías... Estaba exhausto. No podía más y tomó una determinación: se duchó, cogió la caja en la que había ido metiendo sus recuerdos y media hora después ya estaba en la oficina correspondiente. El funcionario le sonrió. Y Gerardo le sonrió aún más: ''Tenga, mi libro de familia. Aquí, en esta caja, está todo lo que he vivido, lo que fui y en parte lo que soy. Tenga, añado mi móvil, donde guardo el sms con el que mi mujer se despidió de mí diciendo que se fugaba, después de treinta años de matrimonio, con mi mejor amigo. Ahora deme el papelito en el que pone que estoy divorciado, por favor, quiero casarme con Pilar, mi novia y secretaria, y escribir una nueva página del libro de familia que usted tanto ansía tener''.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Anacoluto previo al pensamiento superlativo

'' Llevaba tiempo sin escribir, pero me parece que hoy necesito una dosis doble, o triple, vaya usted a saber. Mi contador de visitas se estancó en las ochocientas quince, exactamente, mientras que mi número de alborotos y deseos concedidos en un número infinitesimal, pero no llegando al de la niña consentida que, se supone, hoy que soy. En cuanto al soy, ¿ qué soy? Una persona. ¿Pero exactamente cuál y cómo? Un cuerpo físico que es un cúmulo de recuerdos, llantos risas, amores, desamores, tonterías, importancias, y un solo nombre...Raquel. Cuando pienso en qué soy, cómo soy, cuándo y cómo he llegado hasta aquí,  vislumbro mil respuestas hasta perder de vista la pregunta. Puede que esto sólo sea el primer paso que me lleva hacia mi camino final, que seguramente también tenga dificultades, pero también más alegrías de las actuales.''

martes, 16 de noviembre de 2010

Repostando en la vida

 Porque la venganza es un plato que sirve frío, aqui dejo esta reflexión narrativa''.

Pararon para tomar un café. A Laura no le apetecía mucho y le extrañó que David se lo propusiera. Siempre que iban de viaje, él se molestaba si ella decía que necesitaba ir al baño o le sugería un momento para comprar algo. ''¿ No podías haberlo pensado antes de salir? ¿ Seguro que no puedes esperar hasta que lleguemos?...''
Parar unos minutos no suponía un problema, únicamente, si la excusa era que a él no le había dado tiempo a llenar el depósito y repostar era ineludible. Cada uno tenía sus manías.
Aquella tarde fue distinto. Aunque apenas quedaba una hora para llegar a la casita rural que habían alquilado ese fin de semana y tenían gasoil de sobra, David la despertó de su siesta amablemente: ''Cariño, ¿te apetece tomar un café? Necesito estirar las piernas''.
Laura dijo que sí por decir algo. Ni tan siquiera tenía claro si le apetecía una dosis de cafeína, pero llevaban dos horas de camino y no le importaba respirar un poco. El aire acondicionado bloqueaba sus fosas nasales. ¡Dichosa alergia!
Al camarero apenas le dio tiempo a darle las buenas tardes. ''Un cortado y...¿uno sólo con hielo para ti, cariño?'', le preguntó David cogiendo su mano. ''Mientras lo ponen yo voy un momento al baño. Necesito refrescarme un poco''. Y la apretó con fuerza. ¿Le pasaba algo?
Pobre. Últimamente trabajaba demasiado. Nueva compañía, el cargo que siempre había deseado, ayudante y secretaria, un despacho con unas increíbles vistas...Lo único reprochable era la cantidad de horas que tenía que echar al día. ''Pero eso -le repetía él-, sobre todo al principio, resulta inevitable''. Aunque a ella empezaba a pesarle. Había pasado más de un año. Sus viajes eran cada vez más frecuentes y largos. Apenas se veían. Y muchas noches, cuando él llegaba, ella ya estaba dormida, ambos demasiado cansados para compartir nada. Ni siquiera discutían. Pero ella siempre le disculpaba. Por eso tenía tantas esperanzas puestas en ese fin de semana.
Eso pensaba mientras lo esperaba en la barra con el hielo de su café medio derretido. La pareja que había a su lado dejaba una propina y se marchaba y la camarera le servía unos refrescos a varios jóvenes que habían entrado bromeando. ¿David?...
Quince minutos más tarde, Laura se acercó al servicio de hombres extrañada y llamó a la puerta. No contestó nadie. Nerviosa, volvió fuera y le preguntó al camarero si podían acompañarle a mirar dentro. ¿Se habría mareado?
¿El señor que la acompañaba? Pagó y se marchó, señora. Apenas cinco minutos después de llegar.
Pero...Es imposible-, susurró corriendo a la calle. Efectivamente, el coche había desaparecido. Laura cogió el móvil y lo llamó insistentemente.Apagado o fuera de cobertura. Apagado, sin duda.
Volvió a la barra y se sentó. El camarero se acercó y le acarició el hombro con aire compungido. Pero Laura sólo sentía frío. Realmente, ¿le extrañaba tanto aquello?, pensó. Apenas necesitó un minuto para beberse también el cortado de un trago y preguntarle a la chica: ''Quizá debería pedir un taxi''. Pero el joven se adelantó. ''Yo puedo acercarla donde quiera''. Y Laura vio en sus ojos que la vida comienza en las paradas más inesperadas. A ella también le apetecía estirar las piernas. Necesitaba refrescarse un poco. Y respirar.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Espérame en el cielo

''Otra historia para vosotros, y en especial, para mis abuelos, que se sorprenderían de lo que se identifican en ella''.

La primera nieve del invierno trajo a su vida, tan apagada, la luz del recuerdo. Miraba por la ventana mientras recolocaba su moño blanco con unas hermosas peinetas de nácar: la apacible blancura del paisaje se le antojaba perfecta, límpida, como una cama recién hecha con sábanas de hilo cuidadosamente bordadas y planchadas aún con más esmero. Los copos caían lentos, caprichosos, dejándose mecer por el aliento perezoso y negro de las chimeneas.
El fondo verde de los pinos, el cielo preñado, como si quisiera desplomarse sobre los tejados a medio cubrir, las pisadas de las vecinas que habían bajado a por el pan, el ladrido lejano un perro, el viento caprichoso envolviendo las copas de los árboles y aullando tímidamente, como si quisiera escaparse...componían una postal que la trasladaba a otros tiempos más felices, a días sin soledad.
A días de pan y risas, de batallas de bolas de nieve, de niños alborotando la casa, a días de escuela, de gripe con el pequeño, de no parar, de no comer, de remendar, de coser y zurcir, de recoger, de peinar, de cocinar...
A días de compartir. De jugar con sus hijos. De hablar con él. Él, que se había ido hacía ya cinco años, una tibia madrugada de mayo cuando su corazón, cansado de latir, le dijo adiós para siempre en la cama que habían compartido durante más de sesenta años.
Un escalofrío recorrió su espalda y se agarró con fuerza a su toquilla de lana, como si quisiera abrazarse. Miraba...y recordaba las largas noches de invierno. A sus cinco hijos dormidos en las alcobas y ellos acurrucados bajo la colcha de lana que tejió el invierno que estaba encinta de su hijo José Pedro. Y la nieve, implacable, cayendo despaciosa sobre el alféizar de la ventana al amanecer, cuando los primeros rayos de luz se escapaban perezosos entre las nubes cargadas de frío, entre las montañas coronadas de blanco.
Las lágrimas humedecieron unos ojos agotados de tanto mirar. Había vivido más de ochenta veces el mes de enero, pero nunca el frío había calado tanto en su piel.
La leña, ajena a tanta tristeza, ardía alegremente y chispeante en la chimenea. Y, por un instante, albergó en su alma la vana ilusión de verlo sentado junto al fuego, con su cigarrillo impertérrito en la boca, canturreando con uno de los niños que les había dado su amor sentado en sus rodillas. Y rompió a llorar de pena al recordar su maravillosa voz, y sus brazos, tan fuertes, tan poderosos, tan protectores. Sabía que ni hijos ni nietos, aunque aliviaban todo lo que podían su ausencia, podrían tapar su hueco jamás, el enorme vacío que había dejado en su alma. 
Y rompió a llorar de nuevo de alegría por todo lo vivido. Era algo que no podía olvidar, algo que no quería olvidar. Estaba francamente satisfecha por haber sentido el amor, la alegría, el trabajo, la familia.
Sentía su corazón cansado de andar un largo camino, pero también reconfortado, pues albergaba la esperanza de que un día, y no demasiado lejano, sus manos se volverían a entrelazar en un abrazo eterno, sin prisas, sin frío, sin final.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Despistada

'' He vuelto a escribir, después de todo. Para ello necesitaba cerrar una etapa de mi vida que yacía abierta supurando sangre negra que me corrompía por dentro. Vuelvo a ser yo, vuelvo a escribir y, como siempre, desde el fondo de mi corazón''.


Como cada día, Ana cerró los ojos un momento antes de arrancar el coche para ir a trabajar. Cada vez le daba más pereza ponerse en marcha. Su trabajo de secretaria la aburría soberanamente. Sobre todo ahora que, cumplidos cinco años en el puesto podía ejercer sus funciones sin esfuerzo alguno...
Pasada la primera rotonda rubo a la oficina, el semáforo la obligó a detenerse y, distraída, observó a la chica que conducía el coche de al lado. Tenía la barbilla hundida en el pecho y, con los ojos cerrados, respiraba profundamente. Parecía que la vida se le iba a ir en un suspiro. ''¡Qué seria está! ¿Qué estará pasando por su cabeza?'', pensó, mientras se fijaba en cómo la joven se retiraba un mechón de la cara y lo colocaba con delicadeza detrás de la oreja. Entonces percibió que la desconocida estaba llorando.
La luz verde se encendió y Ana metió la marcha. Miró el retrovisor y vioque la conductora aún no había reanudado la marcha. Así estuvo unos segundos hasta que el coche arrancó lenta, muy lentamente. Ana siguió con curiosidad su avance a lo largo de la avenida que conducía hasta su trabajo. Al parecer, ambas compartían buena parte del trayecto, aunque nunca se había fijado en aquel coche. Eso pensaba hasta que volvieron a coincidir en el siguiente semáforo.
La joven seguía llorando ajena al mundo -el tráfico, los cláxones, los demás conductores...- mientras sus dedos parecían juguetear con el aparato de radio. Mantenía la misma mirada perdida en el infinito.
¿Qué le habrá pasado? La curiosidad reconcomía a Ana. Quizá la joven tenía algún pariente o amigo enfermo y le habían dado una mala noticia. Quizá tenía problemas en el trabajo, ahora que la situación estaba tan mal en todas las empresas. ¿Tendría un jefe tan déspota como el suyo? ¿Un sueldo tan bajo? No, seguro que lo que le sucedía era que había discutido con su chico. Sí, probablemente habían tenido una bronca esa misma mañana. ¿Ves? En el fondo era mejor estar sola, como ella. ¿ Por qué se lamentaría tanto? Estaba harta de escuchar a todas sus amigas quejarse de los dolores de cabeza que les daban sus chicos. ¡Menudo alivio!
Procuró seguir al coche disimuladamente. Podía sonar triste, pero contemplar el mal ajeno la hacía sentirse un poquito menos infeliz con su vida triste, solitaria y aburrida. Ya lo dice el refrán: mal de muchos...
Dos semáforos después, la joven desconocida puso el intermitente y a Ana no le quedó más remedio que desearle suerte en silencio mientras la vio enjugarse las lágrimas con una actitud indolente.
Mientras tanto, en el coche que se alejaba, la joven desconocida le daba volumen a su canción favorita y la escuchaba por tercera vez aquella mañana: ''Cómo hablar, si cada parte de mi mente es tuya, si no encuentro la palabra exacta... Cómo decirte, que me has ganado poquito a poco, tú que llegaste por casualidad''. Ana no podía parar de llorar de felicidad. Aquella mañana, su chico le había pedido que se casara con él. Y ella le había dicho que sí, por supuesto. Estaba enamorada, enamorada, ¡enamorada! Israel era lo mejor que le había pasado en la vida. Intentaba respirar con fuerza para sentir cada uno de los segundos de aquel maravilloso día. Y volvió a escuchar otro claxon. ''¡Qué despistada estoy! -dijo en voz alta arrancando de nuevo el coche-. Cualquiera que me mire va a pensar que estoy loca. Si supieran por qué...¡se morirían de envidia!''.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Amor para siempre

Cuando llegó a casa, Elena se encontró a su hermana Lucía compartiendo una botella de vino con Fernando, su vecino de abajo. Pero nada en sus expresiones parecía indicar que estuviesen celebrando algo. Es más, al saludar a Elena, Fernando se abrazó a ella y rompió a llorar desconsolado. ''Marta y yo hemos roto'', acertó a decir. '' No sabes cuánto lo siento. Jamás lo habría imaginado. Dios, lo siento, lo siento mucho. No quiero ser indiscreta pero... ¿qué ha pasado? No puedo creerlo'', decía Elena mientras se servía una copa de vino y se quitaba su chaqueta dispuesta a compartir ese difícil momento con su vecino y amigo. Lucía, por su parte, respiró con alivio al ver que su hermana se sentaba con ellos, pues llevaba un buen rato intentando consolar a Fernando y ya se le había agotado el repertorio de consejos, frases hechas y palmaditas en la espalda.
Fernando les contó que, durante su reciente viaje a Japón, Marta le confesó que esas vacaciones eran un intento desesperado por salvar su relación, que duraba ya once años, pero que, al regresar a Madrid, se iría de casa para vivir con Lucas, de quien estaba locamente enamorada desde hacía año y medio, cuando lo vio por primera vez en el gimnasio al que ambos acudían y que Fernando -más dado a los deportes en la tele y desde el sofá, las cañitas y las patatas fritas-, por supuesto jamás había pisado. Fernando empezó a llorar. Estaba roto. Marta, su gran amor, la mujer con la que había compartido tdoo, se había ido.
Ya no lo quería, pero él a ella sí y le pedía a Dios que regresara, que volviera con él. Sería capaz de perdonarla tdoo lo habido y por haber. De noche, se despertaba soñando que regresaba arrepentida, reconociendo su error. Pero Marta no volvió. Lo suyo con Lucas no era un error. Era amor. Amor verdadero. Un amor de los que hay que dejar pasar, por si acaso no se repiten.
Fernando, por su parte, se fue recuperando poco a poco. La cercanía de Lucía y Elena le ayudó a superar el trauma. Ahora, salían más, compartían más cenas, iban juntos a la compra e incluso Fernando se hizo buen amigo de Jesús, el novio de Elena, con el que empezó a jugar al pádel los lunes y los jueves y, como consecuencia, a bajar su bien alimentada barriguita. Cada vez era más frecuente ver a los cuatro juntos por el barrio, paseando, comiendo y riendo. Hasta que llegó el día en que pasó lo inesperado, lo que nadie jamás pensó que podía pasar: Lucía y Fernando se enamoraron locamente. Al principio, se quisieron en silencio, pero, una tarde lluviosa de miércoles, mientras se abrazaban al marcar un gol su equipo cuando veían el fútbol en el bar de abajo, se besaron con fuerza, sin importarles nada ni nadie.
En ese momento, tras los cristales del bar, una mujer deseaba morirse mientras dejaba caer una maleta al suelo y rompía a llorar bajo la lluvia. Era Marta. Volvía a casa, dispuesta a reconciliarse con Fernando. Su amor con Lucas, ese amor de verdad, de esos que ocurren una vez en la vida y no hay que dejarlos pasar porque son únicos, maravillosos e irrepetibles, se había acabado la mañana que ella descubrió que la engañaba con una compañera del trabajo. Marta, desolada, esperaba que Fernando mantuviera la promesa que le hizo en su día de quererla siempre. Toda la vida. Pero las promesas, como las historias de amor, esas que creemos que duran siempre, nunca son eternas. No hay nada eterno.



''Para todos aquellos que no creen en los finales felices, y para aquellos a los que el tiempo ha puesto en su lugar''

jueves, 23 de septiembre de 2010

Aquella noche

'' He elegido este título, en parte por mi experiencia, en parte porque me apetecía mostrar un pedacito de lo que se siente con el amor breve e intenso, que sin duda, para nada tiene qué envidiar al sempiterno amor, como el que se narra en las películas. No, sin duda ese amor no existe, quedan de él las huellas de un amor que pudo ser algo más y no fue. Dejo, por ello, esta pequeña narración que me sirve para ilustrar en parte un pequeño capítulo de mi vida.''

Aquella noche, a ella le habría gustado contarle, que su beso había sido sincero, que no respondía a vanas ilusiones ni a sueños imposibles, que le había salido del alma, que sus labios habían temblado al acercarse a los suyos, que al entrelazar sus dedos con los de él había vivido fuerte y protegida, que había sentido su pulso, su latido, como si fuera propio. Armonioso y cálido. Pero al cerrar y verlo tras el cristal, supo que no se lo diría. ''Es mejor que subas ya'', dijo él, con ternura. Y ella cerró con parsimonia la puerta, apoyando, entre mimosa y coqueta, la cabeza en la pared. Y empezó a subir con el corazón a punto de salírsele del pecho y las lágrimas empapando sus mejillas.
Aquella noche, a ella le habría gustado decirle que no lloraba de pena, que no era tristeza lo que ahogaba sus palabras, su risa..., que sus lágrimas no eran amargas. Lloraba porque se habían besado y había un montón de sensaciones sin nombre que se agolpaban en su cuerpo, sin poder expresarlas, sin saber ordenarlas, peleando entre sí en una lucha que desembocó en un llanto callado y húmedo, hondo. Ella sabía que él no era su chico y él sabía que ella no era su chica, pero se sentían unidos por esos lazos que ofrece, generosa, la vida. Y les resultaba hermoso tenerse. Saber que estaban. Sin más ataduras ni etiquetas. ''Tengo los labios como...ásperos, ¿verdad?'', susurró él, rozando el pelo de ella con su aliento.
Aquella noche, a ella le habría gustado explicarle que los labios de él eran como de hojaldre. Y que a ella se le antojaban dulces y quebradizos, como un pastelillo deslizándose entre sus dientes. Que su respiración era apacible y sugerente, que tenía aroma a madera. Que su mirada profunda, a veces melancólica, era envolvente y misteriosa.
Aquella noche, ella no pudo vencer la tentación de mirarlo marchar desde la ventana. Caminaba con decisión sobre el vacío de su calle en penumbra. Tenía un aire antiguo, de otra década, como de película de James Scott. Su cazadora, su peinado, sus patillas, los vaqueros y el cigarro le daban el aire de tipo sacado de una canción de Elvis Presley. No pudo sino mirarlo con cariño y sonreír.
Aquella noche, a ella le habría gustado decirle que no era tristeza sino contento lo que la acompañaba al meterse en la cama, aunque sintió dolor al saber que la última imagen de ella que él se llevaba esa noche eran unas eternas lágrimas escurriéndose por sus pómulos, intentando deslizarse por su boca, buscando la huella cálida y serena de él, tan reciente.
Aquella noche, a ella no le fue fácil conciliar el sueño y en su cabeza no paraba de sonar una canción: Cabecita Loca de Fondo Flamenco. Era como la banda sonora del corto que ambos habían protagonizado en esas horas tan maravillosas, exclusivas, sólo de los dos.
Aquella noche, evocando la letra de esa canción, ella tuvo una certeza: si algún día la nostalgia dañaba su corazón, el recuerdo de su voz, de sus ratos juntos, no darían jamás paso a la tristeza. Entonces supo que él era para siempre.


miércoles, 7 de julio de 2010

Mi pequeña Sara

*...Me gustaría que esto fuera como una especie de regalo para mis amigos, para la gente que valoro de verdad, la que siempre está ahí cuando sufres, cuando te derrumbas, cuando no ves salida al final del túnel, y te abren una pequeña puertecita al final del zulo en el que te escondes y guardas del miedo. Pues solo me falta una cosa, decir gracias. Quizá sea siempre una persona dura, bastante borde, y parezca vacía de sentimientos, pero hoy quiero reconocer que tan sólo es un envase, que a quien quiero lo demuestro cuando tengo ocasión, quizá no tanto como debería, pero que en el fondo mi orgullo ni yo misma valemos para nada, muchas gracias por estar ahí, os quiero...*

El amanecer traía rumores de una primavera lejana: la leve caricia de los primeros rayos de sol despertando el rocío, el río corriendo, acariciando la tierra en un transcurrir eterno, incesante. Un pájaro solitario. El paisaje callado. Las montañas, a lo lejos, impasibles. El huerto desperezándose. Las vides, los caballos. Un humo tibio, como de agua, ascendiendo del suelo hacia las nubes, huyendo. La casa, invadida de una tristeza rojiza, de tierra y frescor del alba.
El aliento mudo y caliente de la chimenea. La soledad. La pena. El paisaje parecía hundirse en un sollozo hondo, arrancado de lo más profundo del alma. La noche había sido un ir y venir continuo. Lloros. Pésames. Penas. Palmadas de ánimo, decenas de flores. Un bullicio desmedido. Desacompasado. Lutos y pañuelos. Y ella, ausente, ida. Y él, a su lado, roto. Acabado. Pepi se apoyó en el hombro de su marido para sentarse en la cama y ponerse las medias. Negras, claro. Los zapatos. Negros. A duras penas.
Se levantó y se acercó al espejo para recogerse el pelo en un moño alto. Estaba guapa, a pesar del dolor. Elegante, como siempre. Altiva, como era ella. Pero destrozada. La cara pálida, hinchada de llorar. La mirada ausente, hundida de llorar. Su cuerpo, esbelto, transmitía fragilidad, luto. Parecía que iba a caerse a cada paso.
En cada movimiento, por leve que fuera. Mientras Manuel se ajustaba el nudo de la corbata, miró la desvalida figura de su mujer, cubierta de negro, reflejada en el espejo. La abrazó y volvieron a llorar con desesperación. Con impotencia. Querían morirse. Se habrían cambiado por ella, sin duda, todos los días, y a todas las horas. Se habrían condenado a sí mismos a nacer y morir eternamente. Cualquier sufrimiento imaginable sería menos doloroso que enterrar a su hija con sólo 21 años. El día de la boda de Sara, Pepi y Manuel estaban exultantes. Su hija pequeña, se casaba con José Heredia en la ermita de la finca de sus abuelos. Era un buen matrimonio. Ella parecía una princesita. La dulzura se escapaba a borbotones por sus tiernos 18 años. Él era un hombre apuesto, tan sólo un año mayor que ella, 22 años, guapo, moreno y, lo que menos gustaba a sus padres, humilde y pobre. Los padres, que siempre habían considerado ''lo mejor para su hija'' que se casara con un heredero de una inmensa fortuna, con cuya familia unir la suya y así formar un imperio millonario. Pero no fue así. No. En principio se opusieron a su relación, y lo negaron en todo momento, hasta que se dieron cuenta de que él amor entre ellos era tan fuerte y profundo que podría con todas las complicaciones que les pusieran de por medio. Se casaron pues, y se fueron de viaje de luna de miel a Egipto en pleno verano. Sara volvió de su luna de miel extremadamente delgada. ''Los calores hija...Irse en mitad del verano a Egipto tiene delito'', le dijo su madre Pepi. Su permanente tristeza. Su boca callada. Su mirada perdida, oscura. Sus largos paseos a caballo. La soledad de su rostro...Ni uno ni otro sabían ver que su hija vivía un calvario. Achacaron su manifiesta infelicidad a su juventud, su inmadurez.
''Creo que la niña nos echa de menos, Manuel. El domingo iremos a verla'', le dijo Pepi una descarnada madrugada de marzo. La comida en casa de su hija y su yerno fue una tortura. Silencio. Sólo el sonido de los cubiertos chocando en los platos.
''Mañana iremos a por ella'', dijo Manuel al meterse en la cama. No hubo mañana para su hija. A las tres de la madrugada, el teléfono quebró la noche muda. Llamaba la guardia civil.

domingo, 4 de julio de 2010

Cartas a un amor prohibido.

Tal vez, en la luna de mi universo,
consiga darme cuenta de que el amor,
por mucho que lo desee,
no se hizo para mí.

Niña inocente y atolondrada,
que cuenta sus penas en un cuaderno,
manchado de sollozos,
y de corazones rotos.

Lenguas del desierto que despiertan en mi cabeza,
sonido de las aguas que lentamente caen y bañan la orilla de mi infierno,
que poco a poco lavan la carroña del recuerdo y del rencor,
de amores destruidos.

Vocecilla en mi interior,
que calla por el sufrimiento y el dolor,
que producen las acusaciones ajenas,
y la envidia de un amor que acaba de nacer.

Un mar de lágrimas,
que empalaga mi pensamiento rencoroso.
Y me pongo a pensar en todo,
en todo lo que no te he dado,
en el tiempo que tuve,
para estar a tu lado,
tres meses no son nada,
al lado de lo que queda,
de lo que me gustaría que quedara por vivir.

Pero no queda nada,
tan solo una daga emponzoñada en mi pecho,
donde antes las caricias de tus palabras habitaban,
y donde ahora solo resurgen las cicatrices del pasado.

Mi cuello, por donde ayer tus labios pasaban,
suavemente, y estremecían hasta mi mente,
donde ahora sólo quedan lágrimas contenidas,
que luchan por salir.

Decisión impasible en mi mente,
limitada por la poca diversidad de soluciones,
pero mi amor será tan fuerte, indeleble,
que eliminará toda frontera entre nosotros dos.

Mi alma encontrará la respuesta correcta,
en la Avenida de los Corazones Rotos,
por donde solía pasar y tomar,
una infusión de lágrimas sin amor,
acompañadas de dolor.

La palabra más bonita,
que en mi mente se revela,
es decir te amo sin decirlo,
que calle mi boca, y que hable mi alma,
y los sueños de mi mente,
todo aquello en lo que solamente decide el corazón.

¿Qué más da si el viento nos arrastra a su abismo?
¿Qué más da si un fuego nos abrasa?
Cuando el nuestro es más fuerte,
cuando el nuestro puede con todo.

viernes, 2 de julio de 2010

Nostalgias y melancolías

Nostalgia de tus labios para oírte,
de tu cuerpo fugaz para abrazarte,
y de tu esquiva faz al no encontrarte,
y de tu raudo paso al perseguirte.

Nostalgia de tu voz al presentirte,
en el labio que calla por besarte,
y los ojos cegados por mirarte,
y en las manos, sin ti, por no asirte.

Melancolía del verano de tu cuerpo,
de las curvas de tus manos,
que, lentamente recorren todos los poros de mi cuerpo,
y me estremecen, lentamente,
con melancolía.

Melancolía de las tardes en tus comisuras,
de tus labios besando lentamente mi cuello,
y un instante de placer, de pensar en el momento,
que recorre la línea cruel de mi destino,
que no se detiene por mi amor ni por tus besos.

Me gustaría que llegara el momento,
que pudiera huir, sin dudarlo,
de la atmósfera que me protege de tu amor,
al que sin duda no tengo miedo.

Espero incesantemente la llegada de mi felicidad...

domingo, 27 de junio de 2010

Pensamientos y tristezas desoladas ...*

-.Un desgarro de tu aliento, que me lleva al infierno de la mente, del pensar, del plantear, la causa, el motivo, la razón, de aquello que fue o no fue, de lo qe paso o pudo pasar, de lo que faltó en aquella eternidad.

-.De lo que paso tras paso fui labrando, en el camino de mi soledad y mi tristeza, aquella sangre derramada en el parquet de mi existencia, dejando huella imborrable y la tristeza honda en el corazón.

Todo lo que viví, o dejé de vivir, con o sin motivo, corazón roto, desgañitado de llorar tu nombre, con ternillas restantes del mordisco de la fiera que llevo dentro, de todo lo que me ata a tí, de todo lo que me separa.

-.Falso sentimiento que abraza mi peligro, mi soledad, la pasión contenida bajo una apariencia tímida, la mente vacía, tan solo un vago pensamiento ronda por ella, quizás sucio y necesitado de cariño y de amor.

-.Rezago de mi mente al pasar por los momentos, los segundos, los latidos, cada beso, cada mordisco, sentimiento pasional que me arrastra sin pensar al túnel de tu infinidad.

-.Llorar al saber cada te quiero, cada te amo, cada no me quiero separar nunca de tí, cada eres única, cada si pudiera hacerte mía, tan solo por un momento, sentir tu corazón latir en mi pecho.

-.Frío sentimiento que despierta en mi cabeza, en el muro de mis tinieblas, en la densidad de tus abrazos, en la esperanza del resurgir que no surgió, en lo profundo de mi alma.